Notas biográficas

Phillippus Aureolus Teophrastus Bombastus von Hohenheim

 

Paracelso.

   Nació en 1493, en un pequeño burgo cerca de Zurich ( Zuiza), la ermita de Einsiedeln, en una tarde de noviembre

De su padre, médico, aprendió las primeras nociones de medicina herbaria, recolectando, a su lado, las hierbas elegidas para remedios preparados por acuél. Esto le permitió conocer las propiedades curativas que cada una de las plantas silvestres ejercía sobre las enfermedades y el mismo tiempo, percatarse de las artes con el su padre, como todos los médicos, preparar sus fórmulas entre enérgicas invocaciones y misteriosas artes mágicas .

   En vez de seguir estos pasos crean en la decisión de renovar la medicina y encauzar la terapéutica hacia lo natural y sobre todo, racional, con lo que declaró la guerra al trío de médicos venerados por sus contemporáneos; Galeno y sobre todo Celso médico o más bien, enciclopedista romano del siglo 1 DC. Parodiando a los médicos y académicos que defendían y sostenían las doctrinas de aquéllos, los llamaban “académicos contempladores de orina”. substituir las terapéuticas del momento por ideas de una nueva medicina basada en la concepción del hombre, microcosmos, como un ser integral, parte inseparable del universo, macrocosmos, un estado de las cuyas estaba atado.

   Paracelso asistió a las universidades de Alemania, Francia y Italia, tomando lecciones de los hombres más destacados de la época: Scheít, Levanthal y Nicolás de Ypon. Hay algunos que no se han encontrado, pero como en tantos otros casos no invalida su genialidad más bien la resalta.

   Su época, fue de las más dinámicas de la historia del mundo, por una parte, el descubrimiento de América, los reyes Católicos, los Borgia, Lutero, Leonardo, Nicolás Copérnico, Enrique VIII, Erasmo de Rotterdam nos dan idea de los sucesos y grandes cambios de la historia que renovaron en todos los ámbitos, una cultura que daba el paso a la revolución renacentista. Y por otra, la época impregnada de fanatismos religiosos, supersticiones, guerras continuas entre reyes parientes, hambre, pestes, donde más razonable se hallaba en la alquimia, en la astrología y en otros embriones de conocimientos que dieron origen a la ciencia real ya las de San Antonio Magno, de Santo Tomás de Aquino, de John Dee, de Isaac Newton, de Roger Bacon y de Salomón Trismos, autor supuesto del libro manuscrito sobre alquimia,

   Paracelso rompió públicamente con los academistas y estudió con Tritemio, célebre abate del convento de San Jorge, en Wurzburg.  Tritemio fue criptógrafo, cabalista, exégeta bíblico, químico a quien se le atribuye competencia en el arte de la crisopopeya y además, descubridor de algunos  fenómenos psíquicos y de magnetismo animal, 

   La influencia de Tritemio fue importante para Paracelso, aunque se separó de él  no conforme con sus prácticas mágicas y nigrománticas y de su tendencia a complicar y oscurecer  las ideas bajo  nombres fantasiosos, ocultado el conocimiento a los no iniciados, como era  hábito alquimista;  de lo cual tampoco él se sustrajo totalmente.

   Viajó el Tirol, Hungría, Polonia, Suiza, Francia, España Portugal y de allí, por mar a Turquía adentrándose en el medio oriente y llegando hasta el gran Kan, en  Tartaria, a cuyo hijo  sano de una grave enfermedad.

   Entretanto, algunas de sus inventivas burlonas contra sus colegas, entre  ellas aquella de hacerse llamar Paracelso, en chanza, y otras, herían a sus colegas en la vanidad y el orgullo, sobre todo sufrían por la audacia de sus ideas, de tal manera que, regresado de Alemania  fue acusado de charlatanería y encarcelado en Nordlingen. Liberado, continuó sus diatribas burlescas, pero después de algún tiempo, por prudencia, viajó a Italia, Países Bajos y Dinamarca, ejerciendo como médico cirujano militar, exitoso en diversas campañas y obteniendo fama  por su acertado tratamiento de las heridas.

   Después de un tiempo pasado  en Suecia, se dirigió a Bohemia y regresó al Tirol. En todo lugar enseñaba ya a los alquimistas, ya a los nigromantes, ya a los barberos y a gente del pueblo; a todos hablaba de medicina en idioma popular, una jerga tudesca, nunca en latín, como la costumbre mandaba, y con su atuendo personal desprovisto de los consabidos adornos con que solían vestirse los médicos.

   Sus observaciones  sobre las enfermedades de los mineros dieron origen a los primeros estudios sobre las enfermedades laborales. Y, sobre las virtudes de algunos metales,  señala al mercurio como especifico para curar úlceras sifilíticas y otras enfermedades.

    Su  vida pasaba por suertes de riqueza y pobreza, ninguna de las cua­les parecía afectarle, por tal razón a veces viajaba solo y otras le seguía un séquito de discípulos exaltados, uno de los cuales, el más constante y preferido, Oporinus, fue  después, su más encar­nizado  enemigo. Por sobre las calumnias, hoy está fuera de duda que Paracelso  poseyó  gran cultura,  gran amor al estudio, riguroso espíritu crítico y responsabilidad para entregar los frutos de su inteligencia.

   A los 34 años de edad su fama conmovía de tal modo que fue llamado en 1527 para ocupar una cátedra en Basilea. Después, en 1528, profesó en Colmar, en Nuremberg 1529, Saint Gael 1531, Ffeffer en 1535, Augsburgo   1535 y Villach 1538, donde cuatro años antes había muerto su padre.

   Después de estos diez años de docencia continua, se retiró por dos años a Mindelheim donde se ocupó en ordenar  sus escritos; entre ellos se filtraron al­gunas notas de sus discípulos. Durante el segundo invierno en Mindelheim, enfermó. Comprendiendo que su enfermedad se agravaba decidió trasladarse a Salzburgo. Allí, despertando su antiguo y constante misticismo, escribió comentarios sobre la Biblia y la vida espiritual, algunos de cuyos fragmentos  fueron publicados por Toxites en 1570

    Sobre los días del término de su vida, los comentaristas han ver­tido distintas opiniones. Para unos, abandonado e indigente murió en el hospital de San Esteban,  para otros fue asesinado por asesinos contratados por  médicos de Salzburgo.

   Se ha intentado reconstruir los últimos días de Paracelso: cierto es que estuvo  internado en el hospital de San Esteban, allí sintió que la muerte lo alcanzaba. Alquiló una amplia habitación en la posada del Caballo Blanco, en Kaygasse, que utilizó como alcoba y oficina testamentaria y se hizo trasladar a ella para esperar la muerte sobre la que el mismo tantas veces había dicho “como fin de su laboriosa jornada y verdadera cosecha de Dios”.

   El último día de aquel verano, ante escribano y testigos, dictó su testamento; preparó su sepelio ordenando entonar los salmos 1-Vll-XXX repartió sus bienes y dispuso que su cuerpo fuese llevado y enterrado en la Iglesia de San Esteban. Tres días después, el 24 de setiembre de 1541, murió a los 48 años de edad. El príncipe Elector Arzobispo ordenó sus funerales con  máxi­mos honores. Medio siglo después sus huesos fueron exhumados  del jardín de la iglesia y depositados en un nicho empotrado en un muro bajo, al cuidado de su albacea Miguel Setznagel. El viajero reverente que allí llegó, dejó escrito que el nicho fue cubierto con una placa de mármol rojo, con una inscripción grabada a escoplo de cantero en la que  leyó:” Aquí yace Felipe Teofrasto de Hohenheim. Famoso doctor en medicina, que curó toda clase de heridas, la lepra, la gota, la hidropesía y otras varias enfermedades del cuerpo con ciencia maravillosa.

   Murió el 24 de se­tiembre del año de Gracia de 1541.

   Hoy las letras recuerdan la memoria de un hombre que vivió en una de las épocas más efervecentes de la historia de la humanidad dominó por los filósofos, humanistas, alquimistas, astrólogos, artistas, enriquecidos comerciantes, reyes en guerra contra reyes sus parientes, jerarcas de religiones , entre bulas y condenas, tribunales inquisitoriales. reformas y contrarreformas, y descendiendo en la escala social, multitudes misérrimas, muestra visible de todas las clases de lacras y enfermedades, opresiones y vasallajes, campo experimental para las mentes preclaras dispuestas para despojar a la razón de los ropajes fantásticos o dogmáticos con que era cubierta por aquel entonces y abrir al futuro una nueva civilización.

 A.  Enríquez R.